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Cada vez que nos enfurecemos, nuestra alma abandona el cuerpo y creamos una abertura para que las fuerzas de la negatividad entren en nuestro ser.
Puede que hayas experimentado esto. Tal vez gritaste o golpeaste a alguien físicamente por la ira y pensaste: "No puedo creer que acabo de hacer eso. Ése no fui yo". Te sentiste completamente fuera de control. Eso es porque no estabas en control: las fuerzas negativas lo estuvieron.
Resistir el impulso de reaccionar en realidad alimenta nuestra alma, llenándola con la Luz de Dios y expandiendo nuestro potencial para la dicha y felicidad.

 
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