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El artesano de las nubes. Imprimir
Cuentos - Cuentos Amor

Cielo era un pueblo de montaña en el que vivían más de cuatro mil personas, eso sin contar a los turistas que se acercaban hasta allí para poder contemplar los espectaculares amaneceres y las increíbles puestas de sol que desde aquél lugar privilegiado se podían apreciar. Era todo un lujo para la vista contemplar aquellos acontecimientos únicos y diarios en los que la madre naturaleza empleaba las distintas gamas de colores como nadie.
Oto era uno de los habitantes de Cielo. Después de pasarse más de la mitad del día estudiando, ayudaba a su padre; siempre había algo que hacer, que si sembrar la tierra, que si cultivarla, que si poner la comida a los animales, que si limpiar, que si ordeñar, que si…
Un día el padre de Oto lo vio tan cansado que le dio el día libre.
Oto se alejó del pueblo. No paró de andar y de andar hasta que para su sorpresa se encontró casi en lo alto de la montaña más cercana a la que él habitaba.
Por lo poco que me queda, subiré hasta la cima, se dijo, y continuó andando y andando hasta que se sintió justo debajo de un grupo de nubes. Sin darse mucha cuenta de lo que hacía, levantó sus brazos para seguidamente con sus manos empezar a dar forma a una nube que cuando se alejó de él, su semblanza con un caballo era admirable. Satisfecho con el resultado sus manos después trabajaban en un muñeco de nieve, más tarde en un coche y luego…Se le pasó el tiempo volando y a pesar de bajar la montaña corriendo, llegó muy tarde a su casa.
Al día siguiente, y para su sorpresa, todo el mundo hablaba de los preciosos dibujos de nubes que se pudieron ver en el cielo de Cielo el día anterior.
-Te los has perdido, hubo quien le dijo. -Te los has perdido y una cosa así sólo ocurre una vez en la vida. Oto estaba desorientado. Las nubes pasaron sobre su pueblo tal como el las había “trabajado” pero nada dijo.
Habían pasado tres meses desde el día de las nubes cuando su padre le volvió a dar un día libre. Se preparó mejor que la vez anterior y sin pensárselo mucho, se encaminó a la montaña desde la que tres meses atrás moldeara nubes a su antojo.
Esta vez se esforzó más que la anterior. Las nubes que pasaban por sus manos se transformaban en pájaro, en faro, en barco.
Ese día a la hora de regresar a su casa aún corrió más que la vez anterior pero volvió a llegar muy tarde a su casa.
Al día siguiente, y sin que a él le sorprendiese esta vez, todos hablaban de las formas de las nubes que habían cruzado el cielo de su pueblo.
-Ja, ja, ja, eres una persona de mala suerte, te lo has vuelto a perder. Ni imaginarte puedes las bonitas formas de las nubes que pasaron ayer sobre Cielo. Oto no dijo nada pero se sintió muy orgulloso de ello.
Cuando al cabo de cuatro meses su padre le volvió a dar día libre, Oto ya tenía pensado que hacer. Se marcho varias montañas más allá para dar nuevas formas a las nubes. Al haberse desplazado con coche volvió algo antes de que las nubes hiciesen su aparición sobre Cielo. Qué bonitas se veían desde su pueblo. Era un doble espectáculo, por un lado poder ver las nubes, y por otro, ver lo ilusionada que la gente miraba al cielo. En ese momento Oto oyó que la chica más deseada del pueblo, Clara; entre suspiros le decía a su mejor amiga: Si alguien superase tanta belleza sin duda sería mi príncipe azul. Poco después la puesta de sol se sumó a la fiesta y fue la guinda que coronó aquél día en la memoria de Oto.
Tres meses después de lo sucedido el padre de Oto le concedió otro día libre. El joven soñaba con ser el príncipe azul de Clara, y llevaba todo ese tiempo intentando pensar en cómo se podría superar la belleza de aquél día.
Volvió a alejarse varias montañas para, una vez en la cima poder dar forma a las nubes, pero no contaba que aquél día ellas estaban más altas que la cima de esa montaña. Se puso hasta de puntillas, pero sus dedos sólo las podían rozar. Para desahogarse de su mala suerte empezó a componer un poema para Clara, pero lo suyo no era componer, ni cantar, ni recitar. Simplemente y después de fracasar con las composiciones y el recital, les abrió el corazón a las nubes y les contó de su amor por Clara.
Oto bajó la montaña muy despacio, estaba triste, pero se sentía liberado, al menos se había desahogado y sus sentimientos ya no le pesaban tanto como antes.
La sorpresa se la llevó al día siguiente; todo el que se cruzaba con él, se lo miraba de diferente forma que de costumbre. Sospechaba que se había perdido algo hasta que se tropezó con alguien que le preguntó:
-¿Cómo lo hiciste? Dime ¿Cómo lo hiciste?
-¿Cómo hice qué?
-Lo de las nubes.
-¿Quién te lo ha dicho? –Preguntó Oto sorprendido.
-¿Qué quién me lo ha dicho? Ja, ja, ja, tú mismo.
-¿Yo? Eso no es verdad. No le he dicho nada a nadie.
-Entonces dime ¿Cómo es que lo sabe todo el pueblo?
-No lo sé.-Oto se sentía muy confundido.
-Lo que no entiendo es cómo se te ocurrió hablarles a las nubes, ni mucho menos cómo has conseguido que ellas transmitiesen tu sentir.
-¿Qué?
-Por cierto, Clara te anda buscando, y no me extraña después de esa lluvia de bonitas frases que cayeron sobre Cielo.

 
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